domingo, 20 de abril de 2014

Letra y palmeta





File:La letra con sangre entra.jpg
Entramos
-y damos los buenos días
-cuando el Sol ha dejado
-de ser aura matinal
-y lo olvidamos
-para sólo bendecirlo en el cenit
-cuando la algarada
-queda atrás
-y nos rescata
-la placidez del hogar
-Volvemos a la escuela
-cuando el astro rey
-enrumba hacia occidente
-el aula ya es entonces
-un  constante deletrear
-pero los ojos oblicuos
-otean atentos
-la esfera del reloj
-soslayando el acoso
-del maestro y la palmeta
-para ver el rey al fin
-retozando en línea horizontal.

sábado, 19 de abril de 2014

DAVID MARTÍNEZ, EL ESCULTOR DE CARIPITO

David Martinez


Había oído hablar de un misterioso David Martínez, multimillonario, corredor de bienes raíces y comprador de costosas obras de arte, a quien por cierto se le atribuye haber comprado recientemente la pintura número cinco de Jackson Pollock, un pintor abstracto influenciado por Siqueiros y Orozco, nada menos que por 140 millones de dólares.  Pero de este otro David Martínez, nunca supe de él hasta ahora que  me lo presentó Celestino Zamora Montes de Oca una tarde de principios de septiembre en el acogedor gramado de su casa.  Me lo presentó, no en persona que sería lo ideal, sino a través de una investigación que él hizo de sus obras monumentales, a base de hierro y cemento y que cubren y realzan el paisaje físico de casi todos los parques municipales de Monagas.
            Aprecio por asociación figurada que este David Martínez, de Monagas, tambien es multimillonario, no en dólares obviamente como el regiomontano de Monterrey, sino en ingenio y pasión por las cosas  tridimensionales grandes como la estatua ecuestre del Libertador en la plaza mayor de Maturín que en anecdótica ocasión modelaron las manos que hasta entonces eran más las de un artista cantor que las de un visual a la manera de ese otro David –David d´Angers- escultor francés autor de numerosos monumentos como el del inventor de la imprenta en la plaza de Estraburgos.
            David Martínez, según lo pinta Zamora Montes de Oca en su trabajo de indagación sobre este personaje, estuvo destinado desde temprano a la creación artística a cielo abierto, absorbido por el paisaje sugestivo y natural de la tierra de los chaimas, tan apegada a la palma moriche de los guaraunos y a los cursos de agua que van como el Guarapiche a dar al Orinoco.
            Diríamos que David empezó primero siguiendo los pasos de Juvenal Ravelo, quien recién retornado de Francia quería que los humildes pobladores de su natal Caripito participaran de su cromática geometría, pero más que el arte óptico cultivado por Ravelo dentro de la onda de Soto y Cruz Diez, lo atraía la escultura figurativa, adecuada mejor a la comprensión del habitante.  Además vivía él  en la tierra de la figuración primitiva de los chaimas y caribes, de los guaraunos y uriaparias que tallaban sobre los árboles y modelaban sobre el barro.
            Sorprendentemente, David Martínez no tuvo escuela porque la Cristóbal Rojas de los grandes artistas venezolanos estaba lejos de Caripito donde siempre moró alejado de los médanos que lo quisieron atrapar cuando vino al mundo.  Era él, siempre lo ha sido, un visual despegado de la tierra con alas de grandeza, de allí sus monumentales esculturas ancladas en el hormigón versátil y resistente, en la malla metálica flexible embadurnada de cemento Portland con manos de artífice creador tratando de transfigurar en la permanencia lo que es biológicamente inestable, pasajero, y muchas veces efímero..
            Individuos de la fauna marina y del bosque como los prototipos bíblicos y humanos y las divinidades, pasando incluso por los saurios de épocas geológicas, toman formas espectaculares en el ferrocemento tratado y modelado por las manos de este artífice innato e hijo adoptivo de Caripito.
Celestino Zamora Montes de Oca, con su acuciosa sensibilidad de cirujano plástico raptado en sus lapsos de ocio por el arte de los sonidos, buscó con ansiedad al hombre cuya obra tanto lo había impactado a su paso por los viejos y hoy modernizados caminos petroleros de su patria chica y lo encontró, sólido, vestido de negro como los antiguos rapsodas del cono austral, acaso como su ignoto homólogo el Rey de los hebreos cantando los salmos de la creación. Con él hizo el recorrido vivencial y testimonial empezando por la plaza mayor donde el héroe montado en su palomo parece romper con su alzada el viento que baja de la Sierra de Guanaguana.  
Después fueron los cruces, las bifurcaciones, los parques, sitios de recreación y avenidas como la que conduce a Caripe y donde se eleva el frugívoro Guácharo con sus alas extendidas y su sonar desafiando la escabrosa oscuridad de las estalactitas.
En Campo Cayena, paisaje de Caripito que recuerda a la capital de la Guayana francesa,  el escultor fraguó con  mano de alarife  una ballena de nueve metros aunque estos cetáceos como la ballena azul pueden alcanzar hasta treinta metros.  Caripe no tiene mar, habitat de estos misticetos, pero colinda con Sucre que si tiene y a través de esa vecindad han podido llegar las leyendas de los pescadores que inspiraron al escultor.  La ballena se repite en forma de tobogán en el balneario “El Paraíso” de Cariaco que si tiene un mar engolfado donde antes abundaban las ballenas hoy prácticamente extinguidas por el arpón del pescador que se aprovecha de su grasa, de su carne y de sus huesos.
En el mismo Caripito, en un centro recreacional en desarrollo, David, siguiendo quizá los impulsos del alcalde del momento, puso a volar un saurio del período jurásico capaz de elevar en sus alas la imaginación del visitante 200 millones de años atrás.
Y es que, según el autor de este texto ilustrado del doctor Zamora, David, autodidacta ejemplar y posiblemente único dentro del mundo de  la plástica constructiva, no se ha quedado anclado en la tierra de los chaimas, sino que ya se interna con la misma pasión en la tierra de los cumanagotos pues en el mismo Cariaco donde puso su ballena tobogán, modeló un tiburón, un pez espada y un cangrejo que deslumbran a los huéspedes del Hotel  turístico “Hacienda Kokoland”. Allí mismo se levanta un Gorila de dos metros capaz de sostener en sus brazos a su propio creador.  Y una familia de venados y la anaconda, una de las serpientes más grandes y fuertes del mundo, así como la de mayor tamaño del hemisferio occidental.
            El doctor Zamora Montes de Oca continúa exaltando y describiendo en el paisaje monaguense otras obras escultóricas del artista, como el conjunto bíblico del Centro Turístico Agropecuario “Las Aguas de Moisés” y la patrona de los orientales, la Virgen del Valle, en varios puntos de la región y más allá, en Margarita, donde según la leyenda fue hallada por indios guaiqueríes de Palguarime en unos matorrales de chiguichigues, cardones y pitahayas, muy cercanos al lugar donde tiene atractiva iglesia de  estilo gótico. 
            De suerte pues, que la obra monumental de este artista escultor y cantor, reseñado en un afán de revelador por Celestino Zamora Montes de Oca, es profeta singular y de méritos en la tierra de los chaimas y a él está dedicado este libro elaborado con la herramienta espiritual de un médico de manifiesta sensibilidad social y que tiene como razón de vida el servir conforme a los postulados hipocráticos y las leyes euritmicas de Palas Ateneas.

Américo Fernández


.
.


jueves, 17 de abril de 2014

DE RÍAS poemario de René Silva Idrogo



            René ha escrito dieciocho obras literarias, de las cuales ha dado a conocer trece, incluyendo ésta, la más reciente, que vamos a librar ahora del pecado original.  Porque, como las criaturas, también las obras humanas despiertan a la vida con la bíblica culpa de la tentación.  En este caso, la obra de René es el producto de ese estado de enervación del hombre que lo hace sucumbir ante el bocado que para los poetas significan las manzanas del tiempo y de la vida.
            La poesía tiene raíces como los árboles me dijo en cierta ocasión el poeta Méliton Salazar y si tal afirmación es válida, esos árboles tienen frutos que pueden ser buenos o malos, tal vez como el árbol del  bien y del mal, capaz de tentar a quien se sienta atraído por un misterio que luego habrá de disfrutar y padecer.
            Escribir un poema es como compartir con Eva la manzana del Paraíso, es por lo tanto, enfrentar el riesgo que significa demoler las barreras que guardan como hidras de Lerna los enigmas de la vida impuestos por el Creador a todos cuantos quieren imitarlo o hasta emularlo.
            Dios es el Cosmos y en cada poema arde con la sordina del humo el ascua de una estrella que el padecimiento del alma va transformando en canto.  En canto que luego se difunde tanto cuanto innata sea la pureza de quien gravita en el espacio infinito de la existencia.
            La poesía es el producto de una emotiva tentación irresistible que al final se padece y que en su misma esencia se advierte ese padecimiento como cuando, por ejemplo, el poeta  atrapado por el crujiente discurrir del río, expresa: “Pero si cruje de dolor bravío / entonces van su corazón y el mío / hacia el lejano mar que es llanto y nieve”.
            El poemario de René Silva, distinguido con el primer premio por el Jurado de un certamen literario patrocinado por la Federación Médica Venezolana, editado con prólogo de su presidente el doctor Douglas León Natera, consta de dieciséis poemas vertidos en 72 páginas.  Poemas dispersos, pero que guardan una relación íntima, existencial, donde la técnica en algunos casos está signada por el momento crítico de la creación.
            El libro comienza con tres sonetos que marcan la cadencia y el ritmo de los subsiguientes que son poemas libres muy expresivos y termina con una noche en vela, una vigilia, donde la imaginación se confabula con todos los fantasmas para eliminar no importa el largo de la vida, los rastros de la memoria: “Para que vivir tanto si de pronto quedamos sin recuerdos”.
            También, no obstante la dispersión, están unidos los poemas por el cordón umbilical de la propia estética y sensibilidad de quien se apoya en la poesía para expresarse y de esta manera, al voltear de cada página, van surgiendo por azar, después del Río, la eterna María que se consume diligente en su único espacio sin luz dejando en el corazón del poeta la nostalgia de su ausencia en cada vigilia.  Y la vigilia como  insomnio permanente puede, sin embargo, encontrar en cada recodo del Río Padre o del Mar de Margarita o del azul de Yaracuy, un remanso ideal para el anclaje y poder como Daniela, “cabalgar el viento indómito de azúcar” o pronunciar con Maryoli cada vocal como una Jota que se agota “cansada de tanto llamar a Ana” ¿a Ana?, a Carmela, quien como  una i camina descalza por la hierba, seguramente, para no despertar el sueño de la Rosa que el poeta  cultiva en su jardín espiritual, sabe Dios desde que momento.  Por su  sociología, quizás,  tuvo que ser en un momento de circunloquio, en la calle, en la Universidad o en el Parque donde los lirios muy de mañana bostezan y sacuden el frío de la vieja tristeza.  De esa tristeza cuyos tentáculos alcanzan a todo el mundo de algún modo a pesar de la bebida espirituosa que le insufló bríos a Jorge Luis Borges para descubrir el Aleph en el décimonono escalón del sótano de la morada de  Carlos Argentino para dárselo como trofeo a John Sampson el día en que se creyó el punto donde convergen todos los puntos del orbe.
            Hubo un día también en que el poeta lo vio solo como  árbol cubierto con  sudario de lágrimas infinitas, confundido en el paisaje, sin que por nada lo sustrajera de su soliloquio íngrimo la voz portentosa de Richard voceando su coporo pescado con esparavel en el río poblado de atardeceres o de luces semejantes a las que ahora, a pesar de su infierno, estallan en Bagdad o alumbran el sepultado corazón de José Eugenio que al fin  se quebró sin que pudiera resistir a pesar de su proclama.  El viento negro, crespón infame, lo batió contra los olivos.  Y a pesar de la duda, René se sintió poeta para cantarle al trovador ausente como ahora le canta a su amada Silky.  Para ella también hay vigilia, señaladamente,  cuando se encienden los cocuyos.
Américo Fernández
Casa de la Poesía, viernes 9 de julio de 2004.

           

Uriapari

Uriapari un rio largo
-profundo
-ancho, extenso
-de todas las dimensiones
-hasta que al fin  muere
-y revive
-en otra fuente
-inmensa irresistiblemente poderosa
-Tiene una plácida
-y abundosa caballera
-a veces indefinible
-dorada, azul, de plata
-y  de todos los matices
-del cielo y de la tierra disuelta
-Venerado a cada instante
-por marinos, pescadores  y veleros
-sabe donde está Dios y el Cielo
-es un viejo señor que sabe mucho
-de pájaros, delfines y estrellas
-de peces, algas, flora, naufragios,
-de abismos y de piedras
-responde al aire
-con un rielar cinético
-y con ondas al viento
-Ese río te ilumina y te da fuerza
-te comunica, te eleva
-te  envuelve, juega con Dios
-con la vida y con la muerte.

miércoles, 16 de abril de 2014

Bajo la ducha




Me he sacudido la lluvia
-el polvo  y el Sol
-el frío sudor de la noche
-todo ha quedado en el sumidero
-bajo mis pies todavía serpentean
-lampos de brillos sinuosos
-mientras el paño succiona el rocío
-atrincherados en mis poros
-ha cesado el frío
-pero siento un soplo
-un leve cosquilleo en  la espalda
-la reja breve se retrata en el espejo
-y deja pasar el frondoso verdor del limonero
-hay en mi pecho una cruz de pelos
-diminutos lunares
-que me recuerdan los signos del tiempo
–y una rara simbología de crustáceo.

martes, 15 de abril de 2014

Despedida

Me voy
dejando atrás la ciudad amable
la ciudad del río
que se insufló en mi vida
la que ahora me deja tierno
el corazón en la partida
Me voy con la noche que se asoma
con su luna
y las luces inventadas
para prolongar el hombre la maraña de sus días
Me voy con la lluvia
a veces tenue, brusca
resoplada y llena de relámpagos
con esta lluvia
que hace más húmeda
más triste
e inquietante
la dura y difícil despedida
Me voy
y vuelvo
sabe Dios cuándo
tal vez algún día
sin lluvia
con mucho sol
y el alma despejada.
Vía Puerto  Ordaz

16/9/71